jueves, 26 de septiembre de 2013

Juan Pablo II y San José

La participación de San José en el designio de salvación de Dios
Homilía, 29 de Marzo de 1998

"O felices virum, beatum Joseph, cui datum est Deum... non solum videre et audire, sed portare, deosculari, vestire et custodire!"
Esta oración, que tiempo atrás solían recitar los sacerdotes antes de celebrar la Eucaristía, nos ayuda a profundizar en el contenido de la Liturgia de la Solemnidad de hoy.
Hoy contemplamos a José, esposo de la Virgen, protector del Verbo Encarnado, hombre del trabajo cotidiano, fiduciario del gran misterio de la salvación. Es propio este ultimo aspecto que las lecturas bíblicas ponen en especial relieve, hace poco proclamadas, las cuales nos hacen comprender como San José haya sido introducido por Dios en el designio salvífico de la Encarnación. “Dios amó tanto el mundo.... (Gn 3,16). Este es el don inconmensurable de la salvación, esta es la obra de la redención. Como Maria, también José creyó en la palabra del Señor y se hizo participe. Como Maria creyó que este proyecto divino se hubiera realizado gracias a su disponibilidad. Y así fue: el eterno Hijo de Dios se hizo hombre en el vientre de la Virgen Madre.

Sobre Jesús – recién nacido, después niño, adolescente, joven, hombre maduro – el Eterno Padre pronuncia las palabras del anuncio profético que hemos escuchado en la primera lectura: “Yo soy su Padre y el es mi hijo” (Cfr. 2 Sam 7,14). A los ojos de los habitantes de Belén, de Nazaret y de Jerusalén el padre de Jesús es José. Y el carpintero de Nazaret sabe que, de alguna manera, es propio así. Lo sabe, porque cree en la paternidad de Dios y esta conciente de haber sido llamado en cierta medida a compartirla (cfr. Ef 3.14-15). Y hoy la Iglesia, venerando a San José, alaba su fe y su total docilidad a la voluntad divina.

Figura y misión del Custodio del Redentor
Ángelus, Domingo 21 de marzo de 1999

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. La tradición popular cristiana dedica el mes de marzo a san José. En efecto, el 19 de marzo hemos celebrado su fiesta litúrgica.
San José, esposo de la santísima Virgen María, es patrono de la Iglesia universal, y en el pueblo de Dios goza de especial veneración, testimoniada también por el gran número de cristianos que llevan su nombre. A su figura y a su misión de custodio del Redentor y de la Iglesia dediqué, hace diez años, una exhortación apostólica, que me complace proponer hoy de nuevo a la atención de todos, en el ámbito de este último año de preparación para el gran jubileo, consagrado precisamente a Dios Padre. En efecto, en san José, llamado a ser el padre terreno del Verbo encarnado, se refleja de modo muy singular la paternidad divina.
2. San José es el padre de Jesús porque es efectivamente el esposo de María. Ella concibió virginalmente por obra de Dios, pero el Niño es también hijo de san José, su esposo legítimo. Por eso, en el evangelio a ambos se les llama «padres» de Jesús (cf. Lc 2, 27.41).
Mediante el ejercicio de su paternidad, san José coopera, en la plenitud de los tiempos, en el gran misterio de la redención (cf. Redemptoris custos, 8). «Su paternidad se ha expresado concretamente al haber hecho de su vida un servicio (...) al misterio de la encarnación y a la misión redentora que está unida a él; (...) al haber convertido su vocación humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa» (ib.). Con este fin, Dios hizo que san José participara en su mismo amor paterno, el amor «del que toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra» (Ef 3, 15).
Como todo niño, Jesús aprendió de sus padres las nociones fundamentales de la vida y el estilo de conducta. Y ¿cómo no pensar, con gran admiración, en el hecho de que, desde el punto de vista humano, maduró su perfecta obediencia a la voluntad de Dios sobre todo siguiendo el ejemplo de su padre José, «hombre justo»? (cf. Mt 1, 19)
3. Deseo invocar hoy la protección celestial de san José sobre todos los padres y sobre sus tareas en el ámbito de la familia. A él le encomiendo también a los obispos y a los sacerdotes, a quienes en la familia eclesial se ha confiado el servicio de la paternidad espiritual y pastoral. Ojalá que en el cumplimiento concreto de sus responsabilidades cada uno refleje el amor providente y fiel de Dios. Quiera Dios que nos lo obtengan san José y María santísima, Reina de la familia y Madre de la Iglesia

San José, Patrono de los Trabajadores
Angelus, 19 de marzo del 2000

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Antes de concluir esta solemne celebración eucarística, nos disponemos a rezar la plegaria del Ángelus en unión espiritual con San José, esposo de la Virgen María y custodio del Redentor. Aunque este año su fiesta litúrgica se aplaza a mañana, vosotros, queridos artesanos, habéis celebrado hoy vuestro jubileo en homenaje al Patrono de los trabajadores. Os saludo a todos con gran afecto y os pido que llevéis mi bendición a vuestros hogares y a
vuestros ambientes de trabajo.

La fiesta de san José nos invita a recordar en particular a los padres, que encuentran en él un gran modelo evangélico. Deseo asegurar una oración especial por cada padre de familia, desde el anciano, que ha conocido la alegría de convertirse en abuelo, hasta el joven, que quizá espera con emoción su primer hijo. Quiera Dios que todos los padres, como san José, sean hombres justos, dispuestos a cualquier sacrificio por el bien de su familia. Y que el amor de su esposa e hijos los recompensen por sus esfuerzos.
2. Queridos hermanos y hermanas, ahora quisiera pediros que oréis por algunas intenciones específicas. El próximo viernes, día 24 de marzo, recordaremos con una especial Jornada de oración y ayuno a los misioneros que han derramado su sangre por el Evangelio. También el año 1999 estuvo marcado por el sacrificio de más de treinta hermanos y hermanas: sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y laicos, comprometidos activamente en la evangelización. Con su testimonio elevan a Dios la invocación del perdón y la reconciliación. Que su ejemplo sea para todos motivo de estímulo y apoyo en el camino de conversión del Año santo. Recordémoslos en la oración junto con cuantos siguen trabajando con gran valentía en la vanguardia de las fronteras de la evangelización. Os pido, asimismo, que oréis por mi peregrinación jubilar a Tierra Santa, que empezará mañana. Invoco, de modo especial, la protección de María santísima y de san José sobre este viaje apostólico tan rico de significado.
Con profunda emoción iré a los lugares donde el Verbo se hizo carne, vivió, murió y resucitó por nuestra salvación. Quiera Dios que esta visita, inspirada únicamente en motivos religiosos, dé los frutos esperados para bien de toda la Iglesia.



San José y los trabajadores
HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II
DURANTE LA CELEBRACIÓN EUCARÍSTICA
EN EL JUBILEO DE LOS ARTESANOS

Domingo 19 de marzo del 2000

1. Dios, "que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?" (Rm 8, 32).

El apóstol Pablo, en la carta a los Romanos, formula esta pregunta, en la que destaca con claridad el tema central de la liturgia de este día: el misterio de la paternidad de Dios. En el pasaje evangélico es el mismo Padre eterno quien se presenta a nosotros cuando, desde la nube luminosa que envuelve a Jesús y a los Apóstoles en el monte de la Transfiguración,
hace oír su voz, que exhorta: "Éste es mi Hijo amado, escuchadlo" (Mc 9, 7). Pedro, Santiago y Juan intuyen -luego lo comprenderán mejor- que Dios les ha hablado revelándose a sí mismo y el misterio de su realidad más íntima.

Después de la resurrección, ellos, junto con los demás Apóstoles, llevarán al mundo este impresionante anuncio: en su Hijo encarnado Dios se ha acercado a todo hombre como Padre misericordioso. En Cristo todo ser humano es envuelto por el abrazo tierno y fuerte de un Padre.
2. Este anuncio se dirige también a vosotros, amadísimos artesanos, que habéis llegado a Roma de todas partes del mundo para celebrar vuestro jubileo. En el redescubrimiento de esta consoladora realidad -Dios es Padre- os sostiene vuestro patrono celestial, san José, artesano como vosotros, hombre justo y custodio fiel de la Sagrada Familia.
Lo contempláis como ejemplo de laboriosidad y honradez en el trabajo diario. En él buscáis, sobre todo, el modelo de una fe sin reservas y de una obediencia constante a la voluntad del Padre celestial.
Al lado de san José, encontráis al mismo Hijo de Dios que, bajo su guía, aprende el oficio de carpintero y lo ejerce hasta los treinta años, proponiendo en sí mismo el "evangelio del trabajo". De ese modo, durante su existencia terrena, san José llega a ser humilde y laborioso reflejo de la paternidad divina que se revelará a los Apóstoles en el monte de la Transfiguración. La liturgia de este segundo domingo de Cuaresma nos invita a reflexionar con mayor atención en ese misterio. El mismo Padre celestial nos toma de la mano para guiarnos en esta meditación.
Cristo es el Hijo amado del Padre. Es, sobre todo, la palabra "amado" la que, respondiendo a nuestros interrogantes, descorre en cierto modo el velo que oculta el misterio de la paternidad divina. En efecto, nos da a conocer el amor infinito del Padre al Hijo y, al mismo tiempo, nos revela su "pasión" por el hombre, por cuya salvación no duda en entregar a este Hijo tan amado. Todo ser humano puede saber ya que en Jesús, Verbo encarnado, es objeto de un amor ilimitado por parte del Padre celestial.
3. Una contribución ulterior al conocimiento de este misterio nos la da la primera lectura, tomada del libro del Génesis. Dios pide a Abraham el sacrificio de su hijo: "Toma a tu hijo único, al que quieres, a Isaac, y vete al país de Moria y ofrécemelo en sacrificio, sobre uno de los montes que yo te indicaré" (Gn 22, 2). Con el corazón destrozado, Abraham se dispone a cumplir la orden de Dios. Pero, cuando está a punto de clavar a su hijo el cuchillo del sacrificio, el Señor lo detiene y, por medio de un ángel, le dice: "No alargues la mano contra tu hijo ni le hagas nada. Ahora sé que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, tu único hijo" (Gn 22, 12).
A través de las vicisitudes de una paternidad humana sometida a una prueba dramática, se revela otra paternidad, basada en la fe. Precisamente en virtud del extraordinario testimonio de fe dado en aquella circunstancia, Abraham obtiene la promesa de una descendencia numerosa: "Todos los pueblos del mundo se bendecirán con tu descendencia, porque me has
obedecido" (Gn 22, 18). Gracias a su fe incondicional en la palabra de Dios, Abraham se convierte en padre de todos los creyentes.

4. Dios Padre "no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó a la muerte por nosotros" (Rm 8, 32). Abraham, con su disponibilidad a inmolar a Isaac, anuncia el sacrificio de Cristo por la salvación del mundo. La ejecución efectiva del sacrificio, que le fue ahorrada a Abraham, se realizará con Jesucristo. Él mismo informa a los Apóstoles: al bajar del monte de la Transfiguración, les prohíbe que cuenten lo que han visto antes de que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos. El
evangelista añade: "Esto se les quedó grabado y discutían qué querría decir aquello de resucitar de entre los muertos" (Mc 9, 10).

Los discípulos intuyen que Jesús es el Mesías y que en él se realiza la salvación. Pero no logran comprender por qué habla de pasión y de muerte: no aceptan que el amor de Dios pueda esconderse detrás de la cruz. Y, sin embargo, donde los hombres verán sólo una muerte, Dios manifestará su gloria, resucitando a su Hijo; donde los hombres pronunciarán palabras de condena, Dios realizará su misterio de salvación y amor al género humano.
Ésta es la lección que cada generación cristiana debe volver a aprender. Cada generación, ¡también la nuestra! Aquí radica la razón de ser de nuestro camino de conversión en este tiempo singular de gracia. El jubileo ilumina toda la vida y la experiencia de los hombres. Incluso la fatiga y el cansancio del trabajo diario reciben de la fe en Cristo muerto y resucitado una nueva luz de esperanza. Aparecen como elementos significativos del designio de salvación que el Padre celestial está
realizando mediante la cruz de su Hijo.

5. Apoyados en esta certeza, queridos artesanos, podéis fortalecer y concretar los valores que desde siempre caracterizan vuestra actividad: el perfil cualitativo, el espíritu de iniciativa, la promoción de las capacidades artísticas, la libertad y la cooperación, la relación correcta entre tecnología y ambiente, el arraigo familiar y las buenas relaciones de vecindad. La civilización artesana ha sabido crear, en el pasado, grandes ocasiones de encuentro entre los pueblos, y ha transmitido a las
épocas sucesivas síntesis admirables de cultura y fe.

El misterio de la vida de Nazaret, del que san José, patrono de la Iglesia y vuestro protector, fue custodio fiel y testigo sabio, es el icono de esta admirable síntesis entre vida de fe y trabajo humano, entre crecimiento personal y compromiso de solidaridad.
Amadísimos artesanos, habéis venido hoy para celebrar vuestro jubileo. Que la luz del Evangelio ilumine cada vez más vuestra experiencia laboral diaria. El jubileo os ofrece la ocasión de encontraros con Jesús, José y María, entrando en su casa y en el humilde taller de Nazaret.
En la singular escuela de la Sagrada Familia se aprenden las realidades esenciales de la vida y se profundiza el significado del seguimiento de Jesús. Nazaret enseña a superar la tensión aparente entre la vida activa y la contemplativa; invita a crecer en el amor a la verdad divina que irradia la humanidad de Cristo y a prestar con valentía el exigente servicio de la tutela de Cristo presente en todo hombre (cf. Redemptoris custos, 27).
6. Crucemos, por tanto, en una peregrinación espiritual, el umbral de la casa de Nazaret, el humilde hogar que tendré la alegría de visitar, Dios mediante, la próxima semana, durante mi peregrinación jubilar a Tierra Santa.
Contemplemos a María, testigo del cumplimiento de la promesa hecha por el Señor "en favor de Abraham y su descendencia por siempre" (Lc 1, 54-55). Que ella, junto con José, su casto esposo, os ayude, queridos artesanos, a permanecer en constante escucha de Dios, uniendo oración y trabajo. Ellos os sostengan en vuestros propósitos jubilares de renovada fidelidad cristiana y hagan que vuestras manos prolonguen, en cierto modo, la obra creadora y providente de Dios.
La Sagrada Familia, lugar de entendimiento y amor, os ayude a realizar gestos de solidaridad, paz y perdón. Así, seréis heraldos del amor infinito de Dios Padre, rico en misericordia y bondad para con todos. Amén.

 
San José, modelo de fe
Ángelus, Domingo 18 de marzo de 2001

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Mañana, 19 de marzo, celebraremos la fiesta de san José. En el corazón de la Cuaresma, la liturgia nos presenta a este gran santo como ejemplo que debemos seguir y como protector que hemos de invocar.
San José es para nosotros, en primer lugar, modelo de fe. Como Abraham, vivió siempre con una actitud de total abandono a la Providencia divina, y por eso nos da un ejemplo estimulante, en especial cuando se nos pide confiar en Dios "por su palabra", es decir, sin ver claro su designio. Estamos llamados a imitarlo, además, en el humilde ejercicio de la obediencia, virtud que resplandece en él con un estilo de silencio y ocultamiento activo. ¡Cuán valiosa es la "escuela" de Nazaret para el hombre contemporáneo, amenazado por una cultura que muy a menudo exalta las apariencias y el éxito, la autonomía y un falso concepto de libertad individual! Por el contrario, ¡cuánta necesidad hay de recuperar el valor de la sencillez y de la obediencia, del respeto y de la búsqueda amorosa de la voluntad de Dios!
2. San José vivió al servicio de su Esposa y del Hijo de Dios; así, se convirtió para los creyentes en un testimonio elocuente de que "reinar" es "servir". Para aprender una útil lección de vida pueden contemplarlo en especial quienes en la familia, en la escuela y en la Iglesia tienen la tarea de ser "padres" y "guías". Pienso, sobre todo, en los padres, que precisamente en el día dedicado a san José celebran su fiesta. Pienso también en cuantos Dios ha puesto en la Iglesia para que ejerzan una paternidad espiritual. Y, entre estos, permitidme que recuerde a los nueve obispos que mañana, en la basílica de San Pedro, tendré la alegría de ordenar. Os pido que recéis por ellos y por todos los pastores de la Iglesia.
San José, a quien el pueblo cristiano invoca con confianza, guíe siempre los pasos de la familia de Dios y ayude de manera muy singular a los que desempeñan el papel de la paternidad, tanto física como espiritual. Que acompañe nuestra invocación e interceda por nosotros María, Esposa virginal de José y Madre del Redentor.

CAPILLA PONTIFICIA PARA LA ORDENACIÓN DE 9 OBISPOS
EN LA SOLEMNIDAD DE SAN JOSÉ

HOMILÍA DE JUAN PABLO II
Lunes 19 de marzo de 2001

1. "Este es el siervo fiel y prudente a quien el Señor ha puesto al frente de su familia" (cf. Lc 12, 42).
Así nos presenta la liturgia de hoy a san José, esposo de la santísima Virgen María y custodio del Redentor. Él, siervo fiel y prudente, aceptó con obediente docilidad la voluntad del Señor, que le confió "su" familia en la tierra, para que la cuidara con solicitud diaria.
San José perseveró con fidelidad y amor en esa misión. Por eso la Iglesia nos lo presenta como modelo singular de servicio a Cristo y a su misterioso designio de salvación. Y lo invoca como patrono y protector especial de toda la familia de los creyentes. De modo especial, nos presenta hoy a san José, en el día de su fiesta, como el santo bajo cuyo eficaz patrocinio la divina Providencia quiso poner a las personas y el ministerio de cuantos están llamados a ser "padres" y "custodios" en el pueblo cristiano.
2. ""Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando". (...) "Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía ocuparme de las cosas de mi Padre?"" (Lc 2, 48-49).
En este sencillo diálogo familiar entre la Madre y el Hijo, que el evangelio acaba de proponernos, se encuentran las coordenadas de la santidad de José. Responden al designio divino sobre él, que, como hombre justo, supo secundar con admirable fidelidad.

"Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando", dice María. "Yo debo ocuparme de las cosas de mi Padre", replica Jesús. Precisamente estas palabras del Hijo nos ayudan a comprender el misterio de la "paternidad" de san José. Al recordar a sus padres el primado de Aquel a quien llama "mi Padre", Jesús revela la verdad del papel de María y de José. Este es verdaderamente "esposo" de María y "padre" de Jesús, como ella afirma cuando dice: "Tu padre y yo te andábamos buscando". Pero su esponsalidad y paternidad es totalmente relativa a la de Dios. José de Nazaret está llamado a convertirse, a su vez, en discípulo de Jesús dedicando su vida al servicio del Hijo unigénito del Padre y de María, la Virgen Madre.
Se trata de una misión que él prolonga con respecto a la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo, a la que siempre brinda su próvida asistencia, como hizo con la humilde Familia de Nazaret.
3. En este marco, es fácil dirigir nuestra atención a lo que constituye hoy el centro de nuestra celebración. Dentro de pocos momentos impondré las manos a nueve sacerdotes, llamados a asumir la responsabilidad de obispos en la Iglesia. El obispo desempeña en la comunidad cristiana una función que tiene muchas analogías con la de san José. El Prefacio de esta solemnidad lo pone muy bien de relieve, indicando a san José como "siervo fiel y prudente puesto al frente de la Sagrada Familia para que, haciendo las veces de padre, cuidara al Hijo de Dios". "Padres" y "custodios" son los pastores en la Iglesia, llamados a actuar como "siervos" fieles y prudentes. A ellos se ha confiado la solicitud diaria del pueblo cristiano que, gracias a su ayuda, puede avanzar con seguridad por el camino de la perfección cristiana.
Venerados y queridos hermanos ordenandos, la Iglesia os acompaña y os asegura su oración, para que desempeñéis con fiel generosidad, a ejemplo de san José, vuestro ministerio pastoral. Os aseguran su oración, en particular, quienes os acompañan en este día de fiesta: vuestros familiares, los sacerdotes y los amigos, así como las comunidades de las que procedéis y a las que estáis destinados.
4. Las ordenaciones episcopales, que suelo conferir el día de la Epifanía, este año han sido aplazadas a causa de la conclusión del gran jubileo. Así, tengo la oportunidad de realizar este rito en la solemnidad de San José, tan querida para el pueblo cristiano. Esto me permite encomendaros con particular insistencia a cada uno de vosotros a la incesante protección de san José, patrono de la Iglesia universal.
Queridos hermanos, os saludo con gran cordialidad a vosotros y a todos los que se unen a vuestra alegría. Os deseo de corazón que prosigáis con generosidad renovada el servicio que ya prestáis a la causa del Evangelio.
5. A ti, monseñor Fernando Filoni, se te ha confiado la misión de nuncio apostólico en Irak y Jordania, para que sostengas a las comunidades cristianas esparcidas por esas tierras: estoy seguro de que serás para ellas un mensajero de paz y esperanza. Tú, monseñor Henryk Józef Nowacki, después de trabajar mucho tiempo a mi lado, serás, como representante de la Sede apostólica en Eslovaquia, solícito heraldo del Evangelio en ese país de antigua tradición cristiana. Y tú, monseñor Timothy Paul Broglio, a quien agradezco la fiel cooperación brindada al cardenal secretario de Estado, irás a las puertas del continente americano como nuncio en la República Dominicana y delegado apostólico en Puerto Rico: en medio de esas queridas poblaciones sé testigo del afecto del Sucesor de Pedro.
También a ti, monseñor Domenico Sorrentino, te agradezco el valioso servicio que has prestado en la Secretaría de Estado, y ahora, al confiarte la prelatura de Pompeya y su célebre santuario mariano, pongo tu ministerio bajo la mirada y la bendición de la Virgen del Santo Rosario, pidiéndole que guíe tus pasos tras las huellas de san Paulino, obispo de Nola, tu tierra natal, y orgullo de la Campania. La Virgen santísima siga velando también sobre tus pasos, monseñor Tomasz Peta, llamado a encargarte de la Administración apostólica de Astana, en Kazajstán, donde desde hace varios años ya trabajas con laudable celo apostólico.
Tú, monseñor Marcelo Sánchez Sorondo, proseguirás en el apreciado servicio de canciller de la Academia pontificia de ciencias y de la de ciencias sociales, instituciones a las que atribuyo gran importancia para el diálogo de la Iglesia con el mundo de la cultura. A ti, monseñor Marc Ouellet, he querido confiarte el cargo de secretario del Consejo pontificio para la promoción de la unidad de los cristianos, tarea de particular relieve por la nobilísima finalidad que lo inspira y por las renovadas esperanzas que la celebración del Año jubilar ha suscitado en el corazón de tantos cristianos.
Y tú, monseñor Giampaolo Crepaldi, desempeñarás la función de secretario del Consejo pontificio Justicia y paz, prosiguiendo con mayores responsabilidades tu ya cualificado servicio en ese dicasterio. Por último, te abrazo con afecto a ti, monseñor Djura Dzudzar, a quien he elegido como auxiliar del eparca de Mukacevo en Transcarpacia, Ucrania, país que, si Dios quiere, dentro de poco tendré la alegría de visitar y al que desde ahora envío un saludo cordial así como mis mejores deseos.
6. Queridos hermanos, como san José, modelo y guía de vuestro ministerio, amad y servid a la Iglesia. Imitad el ejemplo de este gran santo, así como el de su Esposa, María. Cuando encontréis dificultades y obstáculos, no dudéis en aceptar sufrir con Cristo en favor de su Cuerpo místico (cf. Col 1, 24), para que con él podáis alegraros de una Iglesia toda hermosa, sin mancha ni arruga, santa e inmaculada (cf. Ef 5, 27). El Señor, que os dará siempre su gracia, hoy os consagra y os envía como apóstoles al mundo. Llevad grabadas en vuestro corazón sus palabras: "Yo estoy con vosotros todos los días" (Mt 28, 20), y no temáis. Como María, como José, confiad siempre en él. Él ha vencido al mundo.

San José, un hombre de fe
Ángelus, Domingo 17 de marzo del 2002

Amadísimos hermanos y hermanas:

1. Pasado mañana, 19 de marzo, celebraremos la solemnidad de san José, esposo de la Virgen María y patrono de la Iglesia universal. La gran discreción con que José desempeñó la función que Dios le encomendó hace resaltar aún más su fe, que consistió en ponerse siempre a la escucha del Señor, tratando de comprender su voluntad, para cumplirla con todo su
corazón y con todas sus fuerzas. Por eso, el Evangelio lo define hombre "justo" (Mt 1, 19). En efecto, el justo es una persona que ora, vive de fe y procura hacer el bien en todas las circunstancias concretas de la vida.

La fe, sostenida por la oración: este es el tesoro más valioso que san José nos transmite. Han seguido sus huellas generaciones de padres que, con el ejemplo de una vida sencilla y laboriosa, han impreso en el alma de sus hijos el valor inestimable de la fe, sin el cual cualquier otro bien corre el riesgo de resultar vano. Desde ahora deseo asegurar una oración especial por todos los padres, en el día dedicado a ellos: pido a Dios que sean hombres de intensa vida interior, para cumplir de modo ejemplar su misión en la familia y en la sociedad.
2. La tarde del próximo jueves 21 de marzo, primer día de primavera, tendré la alegría de encontrarme con los jóvenes de Roma, que se reunirán en la plaza de San Pedro a fin de prepararse para el domingo de Ramos y para la Jornada mundial de la juventud. Invito a los muchachos y a las muchachas de todas las parroquias de la diócesis a esta cita. Juntos reflexionaremos en el mandato que Jesús da a todo bautizado: "Vosotros sois la sal de la tierra. (...) Vosotros sois la luz del mundo" (Mt 5, 13-14).
3. Mientras pensamos en estas próximas citas eclesiales, nuestra mirada ya se proyecta a la Semana santa y a los solemnes ritos del Triduo pascual. La Virgen María nos acompañe en estos últimos días de la Cuaresma y nos haga experimentar su consoladora protección. Que todo creyente halle en ella la guía dulce y fuerte para encontrar, con renovado fervor, a Cristo
en el misterio de su muerte y resurrección.



San José, patrono universal de la Iglesia
Audiencia General de S.S. Juan Pablo IIMiércoles 19 de marzo de 2003

1. Celebramos hoy la solemnidad de san José, esposo de María (cf. Mt 1, 24; Lc 1, 27). La liturgia nos lo señala como "padre" de Jesús (cf. Lc 2, 27. 33. 41. 43. 48), dispuesto a realizar los planes divinos, incluso cuando el hombre es incapaz de comprenderlos. A él, "hijo de David" (Mt 1, 20; Lc 1, 27), Dios Padre encomendó la custodia del Verbo eterno hecho hombre, por obra del Espíritu Santo, en el seno de la Virgen María. San José, al que el Evangelio define como "hombre justo" (Mt 1, 19), es para todos los creyentes un modelo de vida en la fe.
2. La palabra "justo" evoca su rectitud moral, su sincera adhesión al cumplimiento de la ley y su actitud de total apertura a la voluntad del Padre celestial. Incluso en los momentos difíciles, y a veces dramáticos, el humilde carpintero de Nazaret nunca se arrogó el derecho de poner en tela de juicio el proyecto de Dios. Espera la llamada de lo alto y en silencio respeta el misterio, dejándose guiar por el Señor. Una vez recibida la misión, la cumple con dócil responsabilidad: escucha solícitamente al ángel cuando se trata de tomar como esposa a la Virgen de Nazaret (cf. Mt 1, 18-25), en la huida a Egipto (cf. Mt 2, 13-15) y al volver a Israel (cf. Mt 2, 19-23). Con pocos rasgos, pero significativos, lo describen los evangelistas como solícito custodio de Jesús, esposo atento y fiel, que ejerce la autoridad familiar con una constante actitud de servicio. La Sagrada Escritura no nos dice nada más de él, pero este silencio refleja el estilo mismo de su misión: una existencia vivida en la sencillez de la vida ordinaria, pero con una fe cierta en la Providencia.
3. Cada día san José tuvo que proveer a las necesidades de la familia con el duro trabajo manual. Por eso, con razón, la Iglesia lo presenta como patrono de los trabajadores.
La solemnidad de hoy constituye, por consiguiente, una ocasión propicia para reflexionar también sobre la importancia del trabajo en la existencia del hombre, en la familia y en la comunidad.

El hombre es sujeto y protagonista del trabajo y, a la luz de esta verdad, se puede percibir muy bien el nexo fundamental que existe entre persona, trabajo y sociedad. La actividad humana -recuerda el Concilio- procede del hombre y se ordena al hombre. Según el designio y la voluntad de Dios, debe ser conforme al verdadero bien de la humanidad y permitir "al hombre, como individuo y como miembro de la sociedad, cultivar y realizar íntegramente su vocación" (Gaudium et spes, 35).
Para cumplir esta tarea, hace falta cultivar una "comprobada espiritualidad del trabajo humano" (Laborem exercens, 26), fundada, con sólidas raíces, en el "evangelio del trabajo", y los creyentes están llamados a proclamar y testimoniar, en sus diversas actividades, el significado cristiano del trabajo (cf. ib.).
4. Que san José, santo tan grande y tan humilde, sea ejemplo en el que se inspiren los trabajadores cristianos, invocándolo en todas las circunstancias. Al próvido custodio de la Sagrada Familia de Nazaret quisiera encomendar hoy a los jóvenes que se preparan para su profesión futura, a los que sufren a causa del desempleo, a las familias y a todo el mundo del trabajo, con las expectativas y los desafíos, los problemas y las perspectivas que lo caracterizan.
Que san José, patrono universal de la Iglesia, vele sobre toda la comunidad eclesial y, dado que era hombre de paz, obtenga para la humanidad entera, especialmente para los pueblos amenazados en estas horas por la guerra, el valioso don de la concordia y de la paz.

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